Distintas perspectivas en la fiscalización del proceso globalizador por FMI

Sede del FMI en Washington

Sede del FMI en Washington

Durante mucho tiempo, el FMI y las grandes potencias económicas del mundo han tratado de promover la influencia de la globalización como factor de crecimiento y estabilidad. Nos constan las consultas multilaterales, los planes estructurales y los intentos de hacer de la economía mundial, una economía globalizada.

No debemos olvidar que el FMI tiene como fin, entre otros, evaluar si una determinada política económica es compatible con el crecimiento económico no sólo interno sino externo al propio país. Es decir, si una cierta política económica redunda no sólo en crecimiento del Estado que la promueve, sino en beneficio también del resto de la Comunidad Internacional. Es en ese factor externo en el que empieza a entrar en juego la globalización. Así, si realmente el FMI debe controlar que las economías internas redunden en un beneficio de la economía externa mundial, es porque el FMI tiene un papel asignado en el control del proceso globalizador. En este sentido, creo que el mundo actual tiene más que asumido que la globalización es un proceso innegablemente necesario  (aunque no siempre justo e igualitario) de la economía, del comercio, de la sociedad contemporánea. Por mucho que en numerosas ocasiones, sobre todo en las actuales de crisis, quisiéramos afirmarlo, lo cierto es que las economías no pueden sobrevivir aisladas, unas al margen de las otras. De ello se deriva que los planes estructurales (no siempre fáciles de abordar para los países en desarrollo) que son impulsados por el Fondo potencien como uno de sus instrumentos el fortalecimiento de la capacidad importadora, precisamente porque la importación en un país es igual de importante que su exportación: burdamente hablando podríamos traducirlo como “lo que no tengo yo no lo tendré nunca si no acudo a ti, que sí lo tienes”.

Rodrigo Rato, abordaba la cuestión en su día, como máximo responsable del FMI, como un problema multilateral y de responsabilidad común. Esto, en pura teoría, debería encajar perfectamente con lo que conocemos como globalización: algo que afecta a todos. Sin embargo, no es ésta la única de las visiones que a lo largo de los últimos años se nos ha hecho llegar desde las altas esferas. Economistas del otro ala, como Eric Toussaint,  que ha dedicado gran parte de su vida profesional a hacer oír una voz que cada vez parece más creíble, nos hablan de otra forma. Si el FMI no sólo cumpliera con su labor de vigilancia, sino que en base a ella interviniera tajantemente en aquello que no se ajusta a un correcto proceso de llevanza del fenómeno globalizador, la situación que hoy se da en el seno de ésta y otras instituciones internacionales, como el Banco Mundial, no se estaría dando.

El proceso globalizador, como inevitable que es, apenas tiene nada de común o de multilateral, sino más bien todo lo contrario, alude a la falta de legitimidad democrática que preside la institución supuestamente encargada de encauzar de forma correcta el proceso, de forma que la multilateralidad que debería imperar en un proceso tan importante queda reducida a unos pocos. Ahora bien, en mi opinión no toda la culpa debe atribuirse a esos pocos países que toman las riendas en el proceso globalizador, quizás sí parte, pero no toda. A nadie se le escapa  cómo son utilizados en muchos casos los créditos otorgados por el FMI a países con graves conflictos bélicos, conflictos que en una muy importante parte son financiados por estos préstamos.  Como afirma el prestigioso profesor de la Columbia Bussiness School, Raymond Fissman “La corrupción en los países ricos es una fuente de desigualdad, un riesgo para el correcto funcionamiento de las instituciones democráticas, y en general un impedimento para alcanzar mayores tasas de bienestar social. Sin embargo las consecuencias de la corrupción sobre los países del tercer mundo son más graves. Primero, porque la corrupción esta muy unida a la pobreza: los países del tercer mundo lideran todos los rankings de corrupción existentes, la corrupción en estos países está más extendida y es de mayor magnitud. Por ejemplo, el ex presidente de Zaire, Mobutu, durante su mandato, extrajo de las arcas públicas 5.000 millones de dólares para sus cuentas personales, una cifra equivalente a la deuda externa zaireña en 1997″ E

Esto no es ya culpa de Estados Unidos o de Europa, sino culpa de, por un lado una institución incapaz de controlar el destino de lo confiado so pena de ser señalados por intromisión en asuntos internos del Estado beneficiario, una institución que por tanto es concesionaria de unos créditos que financian subdesarrollo. Y por otro lado culpa de unos Gobiernos corruptos no merecedores de ningún tipo de ayuda mientras sigan demostrando la incapacidad que les caracteriza para poder conducir a sus países a una mínima estabilidad.

 Pero, ¿sería realmente el Gobierno y sus corruptos mandatarios quienes sufrirían el ahogo internacional? He ahí uno de los grandes dilemas del siglo XXI.

 

 

 

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Una respuesta a Distintas perspectivas en la fiscalización del proceso globalizador por FMI

  1. El Conciso dijo:

    La última pregunta es lapidaria por su dimensión real.¿Qué puede hacer entonces la comunidad internacional ante su dicotomía entre sus máximas y la realidad que se impone. Aguardo, con expectación, un numero más, en el que la politóloga nos formule su solución.

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