Saber distinguir el sensacionalismo del amarillismo

Hoy en día hablamos de sensacionalismo como si de peyorativo atuviera obligadamente que tratarse. Para intentar reflexionar y demostrar de alguna manera que esto no debería ser así, no podemos dejar de citar a los dos exponentes máximos de algo que equivocadamente entendemos por “senacionalismo”: por un lado a Joseph Pulitzer y por otro a Randolph Hearst con sus respectivos The New York World y The Journal, dos diarios que, curiosamente, estaban en ruina cuando estos dos personajes decidieron comprarlos a finales del siglo XIX.

A pesar de que los dos pueden recibir el calificativo despectivo de “sensacionalista”, hay diferencias entre ambos que no pueden obviarse. Atisbar estas diferencias, además, nos permitirá entender que el sensacionalismo en sus orígenes no era algo merecedor de crítica, sino más bien todo lo contrario. Sus intenciones, inauguradas por Pulitzer, eran las de únicamente como la propia palabra indica, crear sensaciones, impactar al lector, contar lo que nadie se atreve a contar de manera, no tanto beligerante como contundente y valientemente atrevida.

Es cierto que Pulitzer optó por un modelo de grandes titulares impactantes que sacaran a relucir lo más polémico del momento, con un sensacionalismo, en el sentido literal de la palabra, que más bien optaba por crear un ambiente ciertamente hiperbólico en sus formas, pero siempre siendo fiel por lo general a lo que sucedía a su alrededor por lo que a los contenidos se refería. Así, Pulitzer dio pie al comienzo de una nueva era del periodismo, a él tenemos que agradecerle en gran parte que el periodismo dejara de ser la bandeja de alabanzas de la figura del poder. No en balde hoy en día concedemos los premios Pulitzer.

Sin embargo, muy lejos de Pulitzer estaba Hearst, quien dio un paso más en esta corriente de periodismo nueva que venimos llamando sensacionalismo. Él optó ya no por llevar el sensacionalismo al terreno de la forma sino que contagia de igual manera el territorio del contenido. Mientras Pulitzer fue fiel, aunque exagerada y polémicamente a veces, respecto a los acontecimientos, Hearst se caracterizó por un falseamiento generalizado de muchos sucesos del momento. No nos es desconocido que fue él, a través de su periodismo ya más bien amarillista, quien en gran parte tuvo mucho que ver con el estallido de la guerra de independencia cubana. Recuérdese la famosa invención del secuestro de Evangelina Cisneros o el ataque al Maine norteamericano. Si bien es cierto, el deseo de provocación de guerra no fue exclusivo de Hearst, puesto que todo el periodismo en general estaba impregnado de deseos amarillistas en aquel momento, no sólo en América sino también en nuestro propio país. Exaltar a la nación a través de la guerra fue un ansia de sed sin saciar por parte de muchos Estados del momento.

Pero a lo que realmente vamos es a que lo que realmente distingue a ambos es precisamente ese carácter de total indiferencia de Hearst con respecto a la tan preciada ética profesional propia del amarillismo y de la que se abstuvo por completo. De esta forma, el falseamiento de lo relatado en sus periódicos y por su pluma, era algo a lo que Pulitzer no se atrevió en sus páginas.

Lo triste es que esa fórmula del amarillismo, mal llamado sensacionalismo, se ha trasladado durante este siglo a nuestros periódicos de hoy en día, de forma que mientras que en el plano teórico la función social del periodismo debiera ser una función educativa y formativa, parece que en el plano práctico, esto se ha visto devaluado y transformado en una fórmula morbosa garante de ventas, audiencia y éxito fácil.

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Una respuesta a Saber distinguir el sensacionalismo del amarillismo

  1. Laura dijo:

    Muchas gracias por tu aporte! La verdad es que nunca me había visto forzada a diferenciar el sensacionalismo del amarillismo pero tu reflexión es realmente esclarecedora. Dichosas perversiones de eso que llaman periodismo…

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