La responsabilidad que los europeos no debemos olvidar

La conciencia de Europa no ha alcanzado todavía a comprender las enormes proporciones de las consecuencias que tuvo para África el proceso de colonización que arrancó oficialmente en la Conferencia de Berlín de 1885.

La deplorable situación en la que se encuentran los países a los que Paul Collier bautizó como “El club de la miseria”, se debe en gran parte a la aventura europea en busca de ambición, poder y riqueza. Europa no puede esconder su vergüenza tras el parapeto de la corrupción de los gobernantes africanos y la fragilidad institucional de ello derivada. Es cierto que una gran cantidad de países del continente olvidado están y han estado durante décadas en manos de gobiernos y gobernantes que han buscado su propio enriquecimiento a expensas de una moribunda población.

Pero no lo es menos, y es hora de asumir nuestra parte de responsabilidad en esta situación, que Europa, el continente que presume de poseer una sólida consolidación democrática y un régimen de libertades incomparable, reunió a los máximos representantes de sus potencias en la Conferencia de Berlín para en 1885 diseñar un nuevo orden para África a base de escuadra y cartabón, en el que se redujo a los miles de reinos, etnias y pueblos existentes hasta el momento a poco más de cuarenta países bajo dominio europeo. ¿Y todavía sorprende que estallen guerras civiles, golpes de Estado, enfrentamientos étnicos y hambrunas en África?

Recientemente una de las revueltas que más se ha oído en los medios de comunicación en la convulsa región del Sahel ha sido el caso del alzamiento tuareg. El pueblo tuareg de tradición nómada constituye el 15% de la población de Mali. El encasillamiento de este pueblo en 1885 entre unas fronteras inexistentes hasta ese momento, sirve como ejemplo para comprender uno de los tantos porqués de la triste situación de África. Claudia Barona, profesora mejicana y especialista de la comunidad Tuareg, comentaba que “la conferencia de Berlín y el reparto colonial que ésta significó, los dividió entre diferentes países. Desde entonces, luchan por la autodeterminación. Tanto los tuaregs de Mali como los de Níger, Burkina y Argelia. El problema es que la violencia no es el método para crear un país”. Yo sinceramente me pregunto, ¿acaso les mostramos a proceder de manera distinta cuando pudimos mostrar algo? Los propios conquistadores europeos arrasaron África y la sometieron a su dominio a golpe de violencia también.

Efectivamente, la violencia constituye uno de los principales problemas estructurales en África y la revuelta tuareg no ha sido una excepción. Se mezclan diversas y complejísimas circunstancias en esta particular “Primavera Tuareg” Los tuaregs, pueblo de mayoría laica y nómada que reclama una libertad perdida a finales del s.XIX se unieron puntualmente a los islamistas del movimiento Ansar Dine para luchar no sólo contra el caído gobierno tras el Golpe de Estado del pasado mes de marzo, sino también contra los militares rebelados en el propio golpe y nuevos gobernantes de Mali.

A la vulnerabilidad que ya de por sí le es inherente a esta compleja situación, se le debe unir la amenaza de Al Qaeda en el Magreb Islámico que ve en esta inestabilidad una excelente oportunidad de seguir extendiendo sus tentáculos en la región. A diferencia de los tuaregs, los islamistas defienden la instauración de un régimen islámico en el país. Por su parte, los recientes líderes del golpe de Estado temen que los terroristas de Al-Qaeda recluten entre los tuaregs que huyen de la zona nuevos miembros.

Esta coyuntura ha derivado en una gran cantidad de víctimas mortales y la huida de más de doscientos mil refugiados a países fronterizos como Burkina Faso o Mauritania. El campamento en Burkina de Mentao, gestionado por ACNUR y que ha acogido masivamente a refugiados malienses en los últimos meses, está desbordado. Muchos de estos refugiados comienzan a asentarse en improvisados pueblos alrededor del eterno negocio del hombre: las minas de oro. Miles de personas en el Sahel trabajan en condiciones que jamás deberían ser permitidas para un ser humano. Dejan sus tradicionales quehaceres en la agricultura, impulsados por las constantes sequías que azotan África generando hambrunas de gigantescas proporciones. Esta fiebre del oro y las condiciones en las que seres humanos trabajan en ellas, no es de nuevo, una circunstancia que pueda permanecer al margen del ciudadano occidental de a pie. Estas personas han visto en el negocio del oro la oportunidad que el incremento de precios de esta valiosa materia prima ha experimentado en Europa y el mundo desarrollado.

Los ciudadanos en Europa, y una servidora la primera, vivimos inconscientes respecto a las minas de oro de Burkina Faso, indiferentes respecto a la situación de los refugiados Tuareg, impasibles frente a las consecuencias de una Conferencia de Berlín de la que somos responsables y cuyas heridas sangran hoy todavía en forma de guerras civiles y golpes militares. Es cierto que forma parte del pasado, pero Europa, escondida bajo la justificación de su propia crisis, podría y debería mirar más allá de su propia situación. UNICEF (Agencia de la ONU para la Infancia) ha hecho público que necesita en 2012 un total de 273 millones de dólares para continuar con el trabajo humanitario que se ha llevado a cabo en el Cuerno de África desde que se anunció la hambruna el pasado año, de los cuales y hasta ahora sólo se ha recogido el 33%. Es cierto que la Comisión Europea ha aportado desde 2011  335 millones de euros. Pero también lo es que se ha aprobado recientemente una línea de crédito a los bancos españoles por un importe máximo de 100.000 millones de euros.

No en vano Ryszard Kapuscinski, el héroe del periodismo del siglo XX y corresponsal en África durante la época de la descolonización y la Guerra Fría escribía indignado sobre “el ya tradicional engreimiento y arrogancia eurocentrista en relación a las culturas y sociedades no blancas. De ahí que cada vez que regresaba de África no me preguntasen: “¿qué tal los tanzanos en Tanzania?, sino “¿qué tal los rusos en Tanzania?. Y que en lugar de por los liberanianos en Liberia me preguntasen: “¿y qué talos americanos en Liberia?”. 

Pero sin duda, la pregunta que más le repugnaba escuchar tras meses viajando por África escribiendo crónicas de hechos de los que hubiera preferido no tener que informar : “y allí, ¿qué comías?”

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