La Alemania que admiro

Como escribía hace unos días el columnista José María Carrascal, nadie sabe lo que está pasando. Sin embargo, sí hay claros indicios que nos permiten lanzar fundadas sospechas sobre ese entorno europeo que tanto está marcando el día a día del español.

Alemania es realmente una nación digna de admirar. Tan sólo echando la mirada atrás vemos su enorme poder de influencia en la política europea. El pistoletazo de salida podríamos ubicarlo con la victoria del  Canciller de Hierro Otto Von Bismarck al lograr unir  Alemania en una sola Nación y empujarla a la grandeza que permitiría a este país ser contado entre los grandes de Europa. Poco después, su ambición en el continente la llevaría a ser el detonante en la Primera Guerra Mundial, tras cuya derrota, herida y empobrecida, provocaría una segunda de proporciones mucho más desastrosas que la primera.

 No son pocos los analistas que en los últimos meses se atreven a comparar la beligerancia germana de las dos guerras mundiales con la actitud inquebrantable que el gigante europeo está mostrando en la resolución de una crisis que está llevando a Europa a extremos que parecían haberse superado con el proceso de integración iniciado en 1951. “La Alemania que admiro no es la que se dejó llevar por el impulso de la dominación y la indiferencia hacia el sufrimiento de sus semejantes… ¿No recuerda Alemania cómo las reparaciones de guerra fijadas por el Tratado de Versalles llevaron al país a la desesperación que acabó con la democracia?”, se preguntaba en la prensa hace pocos días Fernando García de Cortázar.

 No es mi intención con este artículo hacer de Alemania la única causa de las desgracias de los países del sur que especialmente están sufriendo los golpes de la crisis. Es importante que también se entienda la responsabilidad que cada parte tiene en esta crítica situación. Durante los años de prosperidad en España, nuestro país ha sido uno de los principales destinatarios de los fondos y ayudas europeas. Cabe preguntarse ahora por qué no se hizo uso de esos recursos comunitarios y de nuestra propia bonanza para modernizar el país y para invertir en la construcción de un modelo productivo que en tiempos de vacas flacas nos hubiera venido muy bien. Sin embargo, la comodidad del ladrillo y del modelo turístico de sol y playa que ya empieza a flaquear, hacen de la España actual un país al que muchos ya se refieren como “la terraza de Europa”. No se trata de desmerecer nuestro valor, sino de asumir los errores, corregirlos y capear el temporal con sentido de la responsabilidad y con la vista verdaderamente puesta en el futuro.

Grecia tampoco debe escaparse de su merecido reproche. Es cierto que este país ha sido golpeado con mucha fuerza por la situación de crisis, pero no lo es menos que durante años en este otro país se ha ido dando forma deliberadamente a la difícil coyuntura que ahora padecen. Thódoros Pángalos, ex-vicepresidente del Gobierno, reconoce en su reciente libro “Todos juntos comimos”,  la responsabilidad que la sociedad griega tiene en su conjunto en el despilfarro de recursos públicos, la corrupción y el clientelismo que tuvieron lugar antes de la crisis económica: niveles de evasión fiscal inauditos en un país europeo, ciudadanos que estuvieron cobrando subvenciones que no les correspondían durante años ó sobornos en el funcionamiento cotidiano de la Administración Pública, son algunos de los ejemplos que hacen que la situación griega se deba a algo más que   a la firmeza alemana.

 Asumiendo que cada Estado debe enfrentar su propia responsabilidad, no hay que olvidar tampoco que la Unión Europea es un proyecto común, un compromiso al que los Estados Miembro accedieron libremente conscientes de los derechos y deberes que ello implicaba. Y por esa razón, la próspera Alemania debe abandonar la actitud de Estado autosuficiente en busca del propio y único beneficio que ha abanderado en los últimos meses.

La férrea conducta germana tiene su explicación. El Gobierno alemán se ha escudado en muchas ocasiones afirmando precisamente lo que acabamos de reconocer, que “no es aceptable que los contribuyentes, los jubilados y los ahorradores de los hasta ahora países más sólidos de Europa respondan de las deudas y de las enormes pérdidas ocasionadas por las burbujas inflacionarias de los países del Sur”, como afirmaban recientemente un grupo de prestigiosos economistas alemanes. Pero en España nos preguntamos si, por el contrario, es aceptable que estemos pagando 16 millones de euros al día por cada 200 euros de prima de riesgo, lo que supone sólo en intereses de la deuda 12.000 millones de euros en los próximos dos años. El hecho de que el precio de nuestra deuda sea tan elevado, está permitiendo que Alemania se esté ahorrando 60.000 millones sólo en intereses. Me pregunto si es eso aceptable, sobre todo cuando los países del Sur están siguiendo las directrices de reducción déficit público marcadas por la Unión Europea, es decir, están pasando el purgatorio de su exceso. Las dudas que se ciernen sobre la solvencia española permite que Alemania pague en el mejor de los casos un rídiculo interés, y en el peor de ellos, que pueda financiarse incluso a un tipo negativo. ¿Es eso aceptable? Quizás por esta razón se comprenda mejor las razones del Bundesbank alemán en permitir la crítica situación de la economía española. Como explica el director de renta variable de Inverseguros, Alberto Roldán, “la cesión que tiene que hacer Alemania al resto de Europa para salir de esta crisis es dejar de financiarse gratis y empezar a pagar intereses”. No es aceptable que Alemania pague sus deudas sin coste alguno mientras en España los 12.000 millones de intereses superan con creces lo que el Gobierno español pretende ahorrarse con la supresión de la paga extra de Navidad a los funcionarios (5.200 millones), con los recortes en educación (3.000 millones) o con la congelación de la oferta de empleo público hasta 2014 (5.300 millones), por citar algunos ejemplos.

Está claro que como vaticina Javier Niederleytner, profesor del Instituto de Estudios Bursátiles, “el Bundesbank acabará aceptando que el BCE respalde a sus socios. Eso sí, para entonces Alemania se habrá preparado para tener una situación financiera muy cómoda en la próxima década que le permitirá impuslar su crecimiento renovando esa deuda a plazos más cortos”.

Alemania no es el único país próspero de Europa, sin embargo, en la última reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, fue el único que votó en contra de una operación de compra de deuda española e italiana, frente a los restantes 21 votos positivos. Quizás haya que recordar al Gobierno alemán que fueron ellos, junto con Francia, quienes incumplieron por primera vez en 2002 y 2003 los límites de endeudamiento fijados por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento anterior al nuevo Tratado de Gobernanza del euro. O quizás haya que recordar también la política que en 1975 el Bundesbank llevó a cabo cuando decidió intervenir comprando deuda alemana en el mercado nacional, curiosamente la operación que hoy están negando a España e Italia. Conviene no olvidar tampoco que en ocasiones los países del Sur pueden también ir al rescate de la todopoderosa máquina alemana, como ha sucedido recientemente con la empresa española Isofotón, especializada en energía solar, que ha rescatado a la empresa alemana en concurso de acreedores Q-Cells con una inversión de 300 millones de euros.

 Cuando las naciones vencedoras de la Primera Guerra  Mundial impusieron con el Tratado de Versalles las duras condiciones a la Alemania vencida, el economista inglés Keynes predijo con una exactitud asombrosa y a la vez atemorizante lo que poco después sucedería con el ascenso de Hitler:  “si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación, Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austriacos, húngaros y los demás son hijos del demonio; si deseamos que año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos, entonces rechacemos todas las proposiciones generosas, y de su antigua prosperidad material… Pero si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el cielo nos salve a todos! Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”.

 Leyendo este triste pero al fin y al cabo cierto vaticinio, los europeos debemos recordar las lecciones aprendidas del pasado y reafirmarnos con convicción en el proyecto europeo en el que en los años cincuenta decidimos embarcarnos, porque de lo contrario, la idea de una Europa integrada basada en el principio de solidaridad de los Estados, ¿tiene ahora algún sentido?

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Una respuesta a La Alemania que admiro

  1. fapalacios dijo:

    Pedro G. Cuartango escribió un artículo en el diario El Mundo (25/07/2012) en el que explicaba en pocas líneas el porqué los alemanes adoptan esa postura tan exigente con los países del sur de Europa, y como buen observador no deja escapar el trasfondo cultural protestante que marca abismales diferencias entre unos y otros. Intentaré pegarlo aquí. Un abrazo.

    “Lutero y la crisis del euro
    PEDRO G. CUARTANGO OPINION 25/07/2012

    ¿POR QUÉ el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos, no construye la basílica de San Pedro con su propio dinero en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes? Esta pregunta no figura en el programa de IU ni en el de los indignados. Es una de las 95 propuestas que Lutero clavó en 1517 en la puerta de la iglesia de Wittenberg.

    Lutero arremete contra las riquezas de la Iglesia, defiende la austeridad como modelo de vida y, sobre todo, cuestiona la infalibilidad del Papa, propugnando la relación directa de cada creyente con Dios. Ello cuestionaba las bases de la fe católica que era no sólo una religión de Estado sino además una ideología que exigía la sumisión de los súbditos al Papado y al Emperador.

    Cuando Lutero proclamó sus tesis, existía en Alemania un fuerte sentimiento de rechazo hacia el imperio de Carlos V, al que veían como un defensor de los intereses de España. Por ello, los príncipes germanos se sumaron con entusiasmo a las tesis de Lutero, que en el fondo suponían también una reivindicación de la autonomía política de sus territorios frente al Emperador.

    Este fue el comienzo de las guerras de religión que provocaron la desintegración del Imperio español. Aunque han pasado cuatro siglos, creo que la diferencia entre la visión católica del mundo y la del luteranismo sigue marcando la historia del continente y, más concretamente, la crisis del euro que amenaza con hacer saltar la UE.

    Lo mismo que Lutero se escandalizaba por la riqueza y la ostentación de la Iglesia, los alemanes tienen dificultades para entender por qué hay que conceder generosas ayudas a países como España e Italia que han vivido en un permanente despilfarro en las últimas décadas. La misma austeridad que Lutero exigía al Papado, al que criticaba por hacer negocios con las indulgencias, es la que pide ahora Merkel, que seguramente no entiende la necesidad de ayudar a un país que tiene 20 veces más coches oficiales que Alemania.

    El imperio de los Austrias quebró por la imposibilidad de integrar al luteranismo que se extendió por el norte de sus dominios. Ahora la UE puede romperse por la diferente concepción entre los países que secundan a Alemania y los del área mediterránea. No estamos viviendo sólo una crisis del euro sino que también estamos sufriendo un choque cultural que puede destruir Europa.

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