¿Quién convencerá a Elisa?

“Es muy difícil llevar la contraria en España. Llevar la contraria no a los del bando contrario, sino a los que parecería que están en el lado de uno; llevar la contraria sin mirar a un lado y a otro antes de abrir la boca para asegurarse de que se cuenta con el apoyo de los que saben o creen que uno  está a su favor; llevar la contraria a solas, diciendo lo que le parece a uno indigno callar, sabiendo que se arriesga no a la reprobación segura de quienes no comparten sus ideas sino al rechazo ofendido de los que lo consideraban a uno de los suyos… es muy difícil llevar la contraria al precio de abdicar del derecho al libre pensamiento”. Así describe Muñoz Molina en Todo lo que era sólido la inquebrantable lealtad que los miembros de los partidos políticos rinden en España a sus cúpulas y direcciones.

Si los diputados y senadores en España debieran su puesto no a la burocracia del partido sino a los electores, probablemente esa pronta devoción sería para los ciudadanos y al fin las citas en las urnas cada cuatro años tendrían algún sentido en democracia. Aún resuena el ejemplo de Cameron cuando tuvo que encajar el revés sufrido dentro de su propio partido al rechazar la moción sobre el debatido bombardeo a Siria que finalmente nunca tuvo lugar. Se trató en aquel momento de parlamentarios que optaron por no ondear la bandera de la obediencia al partido sino por ejercer la responsabilidad individual frente a quienes los eligieron. Según datos recientes del CIS, si algo parecido sucediera en España el 96% de los parlamentarios defendería que tales diputados no sólo debieran abandonar el partido, sino que además deberían renunciar también a su escaño. Es al calor de esta falta de correspondencia entre los líderes políticos y lo que los ciudadanos esperan de ellos que se generan gritos como “no nos representan”.

Obviamente, del mismo modo que no se le pueden pedir peras al olmo tampoco se puede esperar de nuestro sistema electoral frutos que no puede ofrecer. Pero precisamente de ahí la necesidad de una reforma que mal que nos pese nunca se producirá por una mera cuestión de cultura política, el verdadero mal de este país. En España no existe un verdadero compromiso cívico-político para optimizar de modo honesto y honrado el funcionamiento del sistema.  Estoy segura de que no es una coincidencia que la incontestabilidad del liderazgo político en España vaya pareja  a las recientes preocupaciones del Consejo de Europa por la cronificación de la corrupción política.

Quizás haya quien piense que soy excesivamente crítica con los partidos, el corazón de la democracia occidental, sobre todo en estos tiempos preelectorales  en los que la confianza en ellos debería ser más firme que nunca. Sobre todo en estos días en los que las opciones más o menos decentes han degenerado en la sordidez de partidos extremistas a los que en mayo se vaticina un éxito que deberíamos temer. Probablemente Daniel Innerarity tenga razón cuando afirma que todavía peor que un sistema con malos partidos es un sistema sin ellos. Pero dudo que la solución sea tan simple como esperar que la crisis de los partidos se supere cuando los haya mejores.

En mayo España y el resto de países del entorno enfrentan un reto mucho mayor del que probablemente creemos. Frente a la falacia que representan los partidos políticos, ¿cómo convencer a los ciudadanos de que su participación es, una vez más, vital para mantener esa democracia que viene siendo la Unión Europea, y que durante los últimos cinco años no ha sido capaz de dar una respuesta clara al desastre social generado?, ¿Quién convencerá a Elisa de ello?

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