Un pequeño paso hacia un gran fin

Aun a pesar de ser el único continente capaz de autosatisfacer todas sus necesidades por tener a su disposición todo tipo de recursos, concentra la mayor parte de la pobreza mundial. África es el origen de  la práctica totalidad de la inmigración irregular que está llegando a los países del sur de Europa en los últimos meses fruto de la desesperanza causada por la pobreza y las huidas masivas de guerras civiles y conflictos violentos.

En el artículo anterior me preguntaba acerca de los posibles cursos de acción que pueden tomarse ante la catastrófica situación que se está viviendo en fronteras como las de Ceuta y Melilla. En busca de medidas, recientemente acaba de concluir la Cumbre África-Unión Europea cuyo tema central ha sido precisamente la inmigración irregular y las devastadoras causas que la propician y consecuencias que provoca. Su objetivo último ha sido el de  fomentar una mayor colaboración en la materia entre ambas partes para llegar a acuerdos que permitan atajar este drama humano.

Ha sido esencia de la Cumbre a instancia de los socios europeos el deseo de lograr un mayor compromiso africano en la lucha contra la inmigración irregular y  la más eficaz gestión fronteriza. En este sentido pareciera que el mayor coladero de inmigración irregular fueran las propias fronteras. Pero ni los medios de comunicación se hacen suficiente eco ni la opinión pública pone demasiado interés en estar informada sobre datos como el siguiente: según la Agencia Frontex en 2013 hubo 90.000 entradas ilegales mientras 326.000 personas se convirtieron en inmigrantes irregulares tras expirar el visado turístico que hasta el momento les había permitido permanecer de modo regular en Europa. Esto prueba que el verdadero problema de la inmigración irregular en Europa no reside exclusivamente en los paises de origen y en los asaltos a los puestos fronterizos, y que Europa tiene deberes dentro de su propio territorio.

No obstante, sí es cierto que algo hay que hacer ante la emergencia que se está viviendo  en lugares como Melilla y por ello la citada Cumbre aludió a la  necesidad de un mayor  desarrollo en estos países para atajar las causas últimas que inducen a emigrar. Hay que mitigar las razones que impulsan a miles de personas a abandonar sus hogares para aventurarse a llegar por las vías más arriesgadas a países que como España están desbordados por la inmigración irregular. Se trata de lograr un desarrollo humano y sostenible en virtud del cual estos países  afiancen sus estructuras institucionales y generen un verdadero avance social y económico. Sin dejar de destacar la importancia que reviste el compromiso y voluntad de los propios países de origen para lograrlo, no hay que olvidar ciertas consideraciones respecto a la política de cooperación al desarrollo en los países occidentales cuyo fin último es también el desarrollo.  Desde la conocida Declaración de París de 2005 se viene reconociendo la importancia de la eficacia en la agenda del desarrollo, una eficacia que no depende tanto del monto de Ayuda Oficial al Desarrollo como los 28.000 millones prometidos a África en esta Cumbre hasta 2020, sino de aspectos relacionados entre otros con la necesidad de mayor coherencia entre las políticas de cooperación al desarrollo y otras políticas como la comercial. Porque, ¿de qué sirve que se incremente la ayuda al desarrollo si Europa no da un giro radical en su absurda política agraria común que tanto ha asfixiado a los países pobres?, ¿tiene acaso algún sentido una política de cooperación económicamente generosa si sus posibles avances son neutralizados por los devastadores efectos que tienen los vertederos de tecnología  como este procedente de España y otros países europeos? Aún no se ha interiorizado en Occidente que más no es ni siempre ni necesariamente mejor. Coherencia es lo que se necesita para con África.

En la Cumbre también ha sido propuesto por los países europeos la posibilidad de abrir vías para la entrada legal, como pueden ser las llamadas migraciones circulares, es decir una inmigración que llega de modo temporal y en momentos concretos del año para cubrir determinadas  necesidades laborales del país  de destino. Sin embargo, cabe dudar sobre la viabilidad de estos acuerdos bilaterales en la medida en que los mercados de trabajo europeos en este momento se encuentran completamente agotados y sus modelos productivos en proceso de reconversión. Además esta forma de movilidad reiterada entorpece el deseo natural de todas las personas de asentarse permanentemente en un mismo lugar en el que dar forma a una vida personal y laboral.

Pese a las dificultades que enfretan las propuestas debatidas en la Cumbre, lo cierto es que se requiere mayor colaboración entre los países de origen y destino sin olvidar a los de tránsito, y que la cooperación y compromiso de todos los socios europeos es esencial. Pero Occidente no debería olvidar, como bien queda explicado en artículos como este, que tarde o temprano necesitará atraer  inmigración que sostenga los Estados de Bienestar europeos que su escasa natalidad no podrá en breve mantener.

En todo caso esta Cumbre propicia un mayor entendimiento entre ambos continentes, y sin duda es un pequeño pero primer paso para lograr el gran fin: evitar que estas personas arriesguen y pierdan su vida como está sucediendo.

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