La DesUnión Europea ante sus múltiples retos

Parece que la Unión Europea no termina de arrancar institucional y funcionalmente tras más de cuatro meses desde las elecciones del pasado mayo. Estos últimos han sido días polémicos. Los máximos representantes a nivel europeo siguen atascados tratando de decidir los nuevos comisarios que integrarán el Ejecutivo de la Unión. Las tensiones entre los Estados miembro de un club de nada más y nada menos que 28 países y la Comisión Europea que aspira a ser su Gobierno, revelan las disfuncionalidades de una maquinaria que tras más de 60 años debiera estar mucho más engrasada. Una DesUnión que impide abordar los innumerables  retos a los que la Unión Europea debe hacer frente en el corto y medio plazo.

La inmigración es desde luego uno de esos desafíos más destacables, y además bien conocido en un país como España después de un verano en el que las fronteras de Ceuta y Melilla han sufrido una presión desmedida. Recientemente hemos recordado el primer aniversario de la tragedia de Lampedusa, cuando una Europa espantada por semejante desastre se aceleró a hacer promesas que no ha cumplido más allá de tímidos avances. En este sentido, que Italia esté  ejerciendo en este segundo semestre la presidencia rotatoria del Consejo contribuye a dotar de mayor visibilidad y acción a un drama humano en el que quiera o no, la Unión está directamente implicada.

Pero este no es el único de los retos. En la esfera económica, el pronóstico está lejos de ser soleado y el propio Mario Draghi reconoce que “la recuperación es débil, frágil y desigual”. Y de nuevo los enfrentamientos entre Estados miembro de una Unión de intereses teóricamente compartidos van a impedir que instituciones como el Banco Central Europeo adopten medidas que tendrían que haberse implementado hace ya mucho tiempo. A estas alturas no es  comprensible que la UE y que Draghi a través de la institución a la que representa, siga hablando con timidez y temor sobre la compra de deuda pública después de siete años de crisis económica, tasas de pobreza generalizadas y mercados de trabajo devastados.

Y mientras éstos y otros muchos desafíos amenazan la prosperidad y dignidad de 500 millones de europeos y la estabilidad del resto del mundo, las guerras institucionales en Bruselas siguen su curso. El atasco que está generando el nombramiento de los comisarios europeos de Juncker no deja de sorprender precisamente porque éste fue apoyado por liberales, socialistas y populares en la sede del Parlamento Europeo. ¿De veras son esos mismos parlamentarios los que ahora están atrasando la formación de una Comisión que se necesita  para dirigir los asuntos que demandan atención inmediata?

El Tratado de Lisboa nació precisamente, para entre otras cosas, dotar de mayor equilibrio y agilidad al engranaje institucional. Y aunque lo cierto es que  la presencia de países tradicionalmente infrarrepresentados ha alcanzado el alto nivel con Polonia al frente del Consejo Europeo e Italia en la presidencia del Servicio Europeo de Acción Exterior, después de cinco meses desde las elecciones, ya va siendo hora de que la Unión defina completamente su nueva estructura a través de una Comisión estable, cohesionada y concentrada en servir al interés europeo. Y debe hacerlo, además, con la debida coherencia de la que dudaba Ignacio Torreblanca al presentar  “un británico al frente de los servicios financieros, a un francés al frente del control del déficit, a un ministro de Defensa griego al frente de inmigración y a un húngaro al frente de los derechos fundamentales”. Si éstas son o no  elecciones acertadas para integrar el colegio de Comisarios será algo que habrá que calibrar pasado el tiempo.

Al sistema político europeo se le dio vida en los años cincuenta por una razón, y los ciudadanos europeos que lo sostenemos con nuestro esfuerzo, tenemos derecho a exigir el buen funcionamiento que justifica su existencia. Por ello, aquellos que confiamos en el proyecto europeo debemos seguir trabajando para que la DesUnión conyuntural que en los últimos años de crisis económica ha sido patente en muchos momentos, no se convierta en estructural y acabe minando los indudables beneficios que la UE puede reportar a los Estados europeos, sus ciudadanos y los múltiples retos que tiene por delante.

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